María Angola: Espejo de la Infancia
María Angola: Espejo de la Infancia
Por Felipe G. Huamán Gutiérrez
Corría
la década del cincuenta, sesenta, y en mi querido pueblo, aún sin agua potable,
la vida se tejía con hilos de escasez y dignidad. El agua -ese bien invisible y
vital- llegaba en cilindros sobre camiones polvorientos, desde la curva de
Alminares. Las familias acomodadas compraban lo justo para llenar sus
depósitos; las demás, las madres campesinas de manos curtidas y rostros nobles,
contaban el agua como se cuenta el pan: en gotas.
Los
sábados se convertían en un ritual ancestral: el día de lavar en el canal de
María Angola. Apenas despuntaba el alba, cuando el rocío aún acariciaba los
contornos de las hojas, las mujeres ya se preparaban. Ataban la ropa sucia en
grandes fardos, cargaban sus tinas de aluminio y emprendían el trayecto.
Cruzaban en diagonal los campos de algodón o maíz -según la estación- mientras
el aroma fresco de la tierra recién mojada se entrelazaba con el aire tibio de
la mañana. Iban juntas, hilvanando confidencias, risas, canciones viejas, como
un cortejo de mujeres sabias que marchaban hacia el agua con la determinación
de quien guarda un legado.
Al llegar
al canal, se distribuían a lo largo de la orilla, donde el agua cristalina,
como un espejo líquido, reflejaba los cielos de abril a noviembre. Acomodaban
las bateas, se arremangaban, y con una sabiduría heredada de madres y abuelas,
iniciaban la danza del lavado. El jabón, en contacto con la piedra y el
esfuerzo, soltaba espumas danzarinas que corrían aguas abajo, como mariposas
efímeras.
Éramos nosotros, los niños de entonces, los
fieles escuderos de nuestras madres, guardianes de pequeñas travesuras y
testigos silenciosos de su faena. Mientras ellas, con los brazos sumergidos en
espumas y esfuerzo, restregaban con devoción las huellas de toda una semana,
nosotros hacíamos del canal María Angola un reino sin fronteras. En el “Pocito”
- esa curva del canal de agua donde el tiempo había tallado una poza
legendaria— los más valientes se arrojaban al abismo líquido, y el estallido de
sus clavados hacía reír al agua en mil carcajadas. Jugábamos a 'las chapadas',
a 'las escondidas', y aprendíamos a nadar con el cuerpo, el alma y la memoria,
como si ese canal fuera una extensión viva de nuestra piel, un hogar secreto
donde se fundían la infancia, la libertad y la ternura de los días que no
sabíamos eternos.
Cuando
la ropa ya estaba limpia, nuestras madres tendían las prendas al sol como quien
cuelga fragmentos de su vida. Los arbustos y carrizos de la orilla se
transformaban en tendederos espontáneos, y el viento, cómplice, jugueteaba con
las telas como si quisiera vestir el campo con retazos de dignidad y color. El
sol, generoso y sabio, cumplía su antiguo ritual de secar no solo la ropa, sino
también las penas.
Entonces, como si el día les ofreciera
una tregua, nuestras madres se permitían un instante sagrado. Con recato y una
risa contenida, se sumergían en el agua cristalina del canal, lavándose también
el cansancio acumulado, los silencios tragados, los sueños postergados. Aquel
canal no era solo agua corriendo: era su refugio, su espejo, su consuelo.
Pero siempre, inmutable como una sombra
en el borde del tiempo, aparecía una figura que quebraba el hechizo. Del otro
lado del canal, bajo la penumbra de un árbol viejo, un hombre anciano de barbas
blancas y mirada remota observaba en silencio. Le decían “Coco”. Nadie conocía
su historia con certeza, pero todos sabían de su existencia. Las mujeres
fingían no notar su presencia, aunque sus miradas se cruzaban de reojo, como si
él fuera un recuerdo que no debía despertarse. Estaba allí cada sábado, como un
enigma que el pueblo nunca quiso o nunca se atrevió a descifrar, a resolver.
Esta
historia no la aprendí en los libros; la viví con los pies descalzos y el
corazón abierto, bajo el sol tibio de mi niñez. La escribí muchas veces, es
cierto, en aquellas tareas escolares de noviembre, cuando el aniversario de
nuestro querido distrito nos invitaba a hurgar en la memoria del pueblo. Íbamos
en grupo a visitar a los antiguos pobladores -los verdaderos guardianes del
tiempo- recogíamos sus relatos como quien recoge semillas, y con ellos
armábamos, con mano temblorosa pero ilusionada, la historia de Imperial.
Pero hoy, ya no transcribo palabras
ajenas: hoy escribo desde mis entrañas, desde la memoria que me pertenece.
Porque el canal de María Angola no era solo un hilo de agua clara deslizándose
entre chacras; era un templo sin paredes donde se lavaba la ropa... y también
el alma. Allí, entre espumas y risas, nuestras preocupaciones se disolvían como
hojas en la corriente, y salíamos del agua envueltos en luz, limpios de
tristeza, como si el propio canal supiera contar historias y, al hacerlo, nos
hiciera eternos.
Hoy, al evocarla, no me queda duda: he
regresado. He vuelto a pisar la tierra húmeda de las chacras, a correr por la
acequia como quien persigue el viento, a zambullirme en el “Pocito” con el alma
en flor. He vuelto a ser niño. Y esa parte de mí, la más limpia y verdadera,
aún habita en las aguas de aquel canal sagrado, donde el cansancio se disolvía…
y la alegría, como un milagro, regresaba.
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