El Señor Juez

 


EL SEÑOR JUEZ

Por Felipe G. Huamán Gutiérrez

Prólogo

En las comunidades altas de nuestra sierra, donde la vida se teje entre nevadas, faenas y silencios rotos por el canto del gallo, aún hay hombres que encarnan la autoridad moral con nobleza y sencillez. No visten toga ni empuñan martillo, pero sus palabras pesan como sentencia. Esta es la historia de uno de ellos. Un maestro de escuela que, sin proponérselo, también fue juez y guía. Su historia no solo habla de justicia, sino del poder de la palabra sensata, del perdón que cura, y del cambio posible cuando hay amor… y coraje.

 

Donde la Justicia no tiene Toga

Pedro era un joven profesor que, desde hacía cuatro años, trabajaba en Curay, una comunidad campesina de la sierra de Oyòn, distante y aislada de la capital. Su entrega era inquebrantable. Todos los días se levantaba antes del alba, cuando el dios sol -Tayta Inti- apenas asomaba sus primeros rayos desde los recodos de las cumbres, tibios y dorados sobre el gélido amanecer andino.

Tras su aseo y un desayuno sencillo preparado por él mismo, repasaba con esmero las clases del día. La jornada escolar se dividía en dos turnos: mañana y tarde. Pedro era siempre el primero en llegar. Los niños lo admiraban. Los padres lo respetaban. La comunidad entera confiaba en él.

Una madrugada, entre la una y las dos horas, unos golpes secos en la puerta lo despertaron. Aún somnoliento, Pedro se incorporó con cautela. Conociendo las creencias locales sobre el “mal aire” que ronda en las madrugadas, preguntó desde dentro:

-       ¿Quién es?

La respuesta vino urgente, cargada de angustia:

-       ¡Soy yo, profesor! Tayta Teodomiro. Perdón por la hora… pero necesito su consejo.

Pedro se abrigó con su poncho grueso y su sombrero de ala ancha, abrió la puerta y se encontró con el rostro demacrado y suplicante del anciano, su hija Sarita había sido agredida por su esposo. Sin preguntar más, lo siguió en silencio por un estrecho sendero de piedra que descendía abruptamente hacia el valle. La noche era cerrada, fría, y el crujir de sus pasos sobre el suelo congelado era el único sonido.

Llegaron a la casa de Sarita, la hija de Teodomiro. Afuera, sentado en una banca, estaba Pascual, su esposo, cabizbajo y con fuerte olor a trago. Dentro, Sarita se mantenía de pie, digna, pero con los ojos inflamados por el llanto contenido. Teodomiro comenzó a explicar, pero el Prof. Pedro lo detuvo con calma:

-       Dejemos que Sarita nos cuente lo sucedido.

Ella tomó aire, y con voz firme comenzó:

-       Anoche nos tocó regar las papas. Fuimos juntos a la chacra. Pascual llevó una botella de trago para el frío. Terminamos la faena y seguimos bebiendo. Pero él se embriagó demasiado y comenzó a celarme sin razón. La discusión fue subiendo de tono… hasta que hubo jaloneos.

Pedro la interrumpió suavemente:

-       ¿Te golpeó? ¿Te agredió con algún objeto?

-       No, pero quiso obligarme a tener relaciones. Yo no quería porque él estaba mareado. Me sujetó las manos, me empujó al suelo… y trató de forzarme. Me mordió en mis partes íntimas… y me arrancó pelos con la boca - dijo, aguantando las lágrimas.

El silencio se volvió denso, como si el frío se hubiera colado por cada rendija del alma. Sarita continuó:

-       En un descuido, mientras él guardaba los pelos en su bolsillo, logré escapar y fui a casa de mi papá.

Pedro miró a Pascual, quien seguía sin levantar la cabeza:

-       ¿Qué hiciste con esos pelos? - preguntó, con voz firme.

Pascual no respondió. Fue Sarita quien, con coraje, metió la mano en el bolsillo pequeño del pantalón de su esposo y sacó el mechón:

-       ¡Aquí están! Los guardó en su “secretera” …

La verdad era innegable. Finalmente, Pascual rompió el silencio:

-       Lo que dice mi señora… es cierto – murmuró -. Estoy arrepentido.

Se arrodilló frente a Sarita, y entre sollozos, le dijo:

-       ¡Te quiero mucho, Sarita! Perdóname, por favor…

Sarita también lloró. Lo abrazó. Lo perdonó. Pero Pedro sabía que el amor no borra la falta sin dejar enseñanza.

Con serenidad, declaró:

-       Pascual, tu castigo será barrer y cultivar el parque de la comunidad una vez por semana durante un mes. Y participarás en tres faenas comunales extras en la construcción de la carretera. Así aprenderás que el respeto también se trabaja.

Ambos aceptaron. Y cumplieron.

Desde entonces, Sarita y Pascual se transformaron. Nunca más se oyó un reproche, ni una lágrima. En cada reunión de padres, en cada trabajo comunal, estaban ahí, juntos, codo a codo. Y Pedro, sin más poder que su palabra, creció aún más en el corazón de su pueblo. Era más que un profesor. Era el Señor Juez.

Epílogo

Hay decisiones que no requieren toga, sino humanidad. En las alturas, donde no llega la justicia del papel ni el ruido de los tribunales, aún existe la justicia del alma. Pedro no dictó sentencia con castigo, sino con ejemplo. Porque educar no es solo enseñar a leer, sino a vivir, a corregir, a transformar. Y así, entre cerros, heladas y caminos de piedra, un maestro se convirtió en juez. Un juez sin estrado ni toga… pero con corazón.

Escrito en la CC de Curay-Oyòn (año 1982, 3 300 msnm)

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