El Lavado de Ropas

 

Antología de Sabidurías Populares y Creencias Ancestrales

Historias que se transmiten con la voz, el corazón y la memoria

El Lavado de ropas



Dedicatoria

A la memoria de mi padre, cuya partida dejó un silencio que aún guarda su voz en mi corazón.
A mi madre, que, en medio de su dolor, me enseñó que las tradiciones son puentes de amor entre el mundo de los vivos y el descanso de los que se han ido.

Introducción

La muerte de un ser querido nos enfrenta a silencios que no sabíamos que existían.
En esos momentos, cuando las palabras no alcanzan, las antiguas costumbres nos envuelven como un manto de consuelo.

Esta historia, nacida de la despedida de mi padre y del doloroso aprendizaje que me dio mi madre, recoge una tradición que, más que un simple acto, es un gesto de amor profundo: el "lavado" de las ropas del difunto.

A través de este ritual sencillo y solemne, nuestras almas buscan aliviar el tránsito de quien parte y, al mismo tiempo, empezar a sanar la herida de su ausencia.

 El Lavado de ropas

Mi padre partió de este mundo cerca de cumplir los ochenta años.

La tristeza nos abrazó a todos sus hijos mientras nos preparábamos, casi en silencio, para la ceremonia del sepelio: el ataúd, el certificado del médico, el nicho, el velorio… todo aquello que dictaban nuestras costumbres y el dolor.

Cumplimos con cada acto, como manda la tradición, intentando sostenernos entre lágrimas. A los dos días, todavía con el corazón enlutado, vi a mi madre levantarse muy temprano. Cauteloso y curioso, la observé ir al cuarto que aún guardaba la presencia de mi padre. Al poco rato salió, llevando en sus manos ropas limpias y otras ya gastadas, prendas que aún conservaban el olor tibio de quien fue.

Sin entender del todo, me animé a preguntar:

—Mamá, ¿qué vas a hacer con las ropas de mi papá?

Ella, deteniéndose un instante, me miró con esos ojos apagados por la tristeza, y me respondió con voz baja, casi temblorosa:

—Hijo, vamos a hacer el "lavatorio", o sea, la "lava de ropas".

Y añadió:

—Ahorita vienen mi comadre y mis amigas para ayudarme. Iremos al canal de Carmen Alto.

Cuando llegaron las mujeres, cargaron toda la ropa en un triciclo. Yo, acompañándolas, empujaba el vehículo mientras pensaba en el significado de aquella extraña costumbre.
Al llegar al canal, el sonido del agua nos envolvió. Mi madre y sus amigas se pusieron a lavar, una a una, las prendas que mi padre usó en vida.

Cuando la ropa estuvo seca bajo el sol silencioso, la reunieron y la quemaron por completo.
Regresamos a casa en un silencio aún más hondo.

Ya en casa, aún con la inquietud en el pecho, volví a preguntar:

—Mamá, ¿por qué lavaron y quemaron las ropas?

Ella, cargando una pena que le había rajado el alma, me contestó:

—Lavamos las ropas para que él se vaya limpio… y las quemamos para que su espíritu no regrese buscándolas. Así descansa en paz, sin cadenas que lo aten a este mundo.

Yo, entonces, comprendí en silencio. Comprendí que el "lavatorio" no era sólo un acto de limpieza, sino un rito de amor y de despedida. Una forma profunda y sencilla de ayudar a quien amamos a seguir su camino hacia el descanso eterno.

Aquel "lavado de ropas" o “lavatorio” como decían, quedó grabado en mí, como una lección de amor, de dolor y de fe.

Y tiempo después, cuando llegó el "Quita Luto", supe también que nuestros antiguos sabían cómo honrar a los muertos: despidiéndolos con respeto, ayudándolos a encontrar la paz, y permitiéndonos a nosotros, los vivos, seguir adelante.

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