El Cortapelos
Antología de Sabidurías Populares y Creencias
Ancestrales
Historias
que se transmiten con la voz, el corazón y la memoria
El Cortapelos
Por Felipe G Huamán Gutiérrez
Dedicatoria
A los
padres de antes, que sembraban tradiciones en el corazón de sus hijos,
y a los pueblos que, con humildad y alegría, celebraban la vida desde sus
primeras raíces.
A ti, Justino, y a todos aquellos niños que alguna vez recibieron en sus
cabellos el primer soplo de bendición.
Introducción
En los rincones más
humildes de nuestra tierra, las tradiciones no eran sólo costumbres: eran actos
de amor, de esperanza, de pertenencia. El cortapelo, sencillo en apariencia,
era un ritual que unía generaciones, bendecía a los niños y celebraba la vida
en comunidad.
Hoy, mientras el viento borra lentamente esas antiguas costumbres, siento el
deber de recordar aquella tarde luminosa en que mi pequeño hermano Justino fue
el protagonista de una fiesta ancestral, tejida de fe, música y ternura. Esta
es la memoria de aquel día, guardada en lo más profundo de mi alma.
El Cortapelo
Mi madre
decidió llamar Justino a mi último hermanito, que acababa de nacer. Seguro
tendría unos dos años cuando, en son de broma, las amigas de mamá comenzaron a
preguntarle:
—¿Y cuándo harás el cortapelo de tu hijo?
Fue
entonces que mis padres se pusieron de acuerdo: dentro de tres meses,
celebrarían el cortapelo.
El cortapelo era una costumbre ancestral, heredada de nuestros abuelos, que
consistía en cortar por primera vez el cabello del niño al cumplir dos o tres
años de vida. Mis padres, fieles a las tradiciones, se abocaron con entusiasmo
a buscar los padrinos y a organizar una fiesta sencilla, pero cargada de
significado. Seguramente a mí también me habrían hecho el tradicional
cortapelo, aunque en mi memoria de niño no quedaba huella de aquel momento.
Llegó por
fin el día de la ceremonia. Mi hermanito Justino, bien arregladito, reposaba en
los brazos de mi madre, mientras mi padre afinaba con esmero su guitarra para
animar la fiesta.
No tardaron en llegar los padrinos, la señora Antonia y el señor Teodosio, así
como los demás invitados, trayendo consigo sonrisas y buenos deseos.
La
ceremonia se inició con un silencio lleno de ternura. Mi madre, con delicadeza,
pasó el peine sobre los largos cabellos de Justino. El padrino, tomando la
tijera entre sus manos, elevó una breve oración mirando al cielo, invocando a
Dios para bendecir el acto.
Luego, con solemnidad, cortó el primer mechón y lo depositó en una bandeja y
como la costumbre y tradición así lo determinaba, además dejo en otra bandeja
unos billetes que eran la propina para el ahijado. La madrina hizo lo propio,
dejando también su ofrenda de cabellos y de billetes. Después, uno a uno, los
invitados que deseaban participar, tomaban la tijera y cortaban pequeños
mechones, siempre dejando su propina para el niño Justino. Cada corte era una
bendición, un deseo de salud y prosperidad. Cada quien que cortaba, se
convertía simbólicamente en padrino del niño, como dictaba nuestra antigua
costumbre.
Mi padre,
de pie a un lado, tomó su guitarra y dejó volar las notas de un huayno
ayacuchano, de esos que hacen vibrar el corazón. Mi madre, mientras tanto, me
encargó cuidar a Justino, mientras ella iba a servir bebidas y la comida
tradicional: caldo, estofado, papas recién cosechadas.
La fiesta se armó en torno al niño y sus padrinos. Todos bailaban, reían,
brindaban y cantaban vivas por Justino, por la vida, por las raíces que nos
unían. Mi padre, alegre, seguía tocando y cantando con alma entera. Cómo olvidarme
del carnaval ayacuchano, de esa música que parecía abrazar la tarde.
Años
después, ya bastante joven, una tarde de invierno, pregunté a mi padre por qué
habían hecho aquella ceremonia del cortapelo. Él, tras una pausa en la que
pareció retroceder el viejo casete de su memoria, me respondió con voz suave: —Es
una costumbre, hijo. Es el inicio del verdadero crecimiento del niño. Se le
corta el cabello para que crezca sano, fuerte y lleno de bienestar. Por eso se
hace la ceremonia… para que no olvide de dónde viene.
Hoy, que
las tradiciones se desdibujan en el tiempo, cierro los ojos y vuelvo a aquella
casa modesta, al huayno de mi padre, al perfume de la tierra mojada, al primer
corte de cabello de Justino y el tradicional Rutuchicuy, siento una nostalgia
honda, como si en cada tradición perdida se nos escapara un poco el alma.
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